El uso de purines y otros subproductos de la producción animal como fertilizantes permite reducir costos, mejorar la calidad de los suelos y disminuir el impacto ambiental, consolidándose como una solución concreta frente al alza de insumos de fertilizantes y un pilar de la economía circular en el sector agropecuario.
En un escenario de alta volatilidad internacional y recientes alzas en los precios de fertilizantes, los bioinsumos derivados de guanos y purines se posicionan como una alternativa eficiente y sostenible para la agricultura. Su uso permite reducir costos, mejorar la calidad de los suelos y avanzar hacia sistemas productivos basados en la economía circular.
En esa línea, su aporte no solo radica en la provisión de nutrientes, sino también en su contribución a la calidad del suelo y al funcionamiento de los sistemas agrícolas. “Todos estos coproductos aportan nutrientes esenciales para las plantas. No son iguales en presentación a los fertilizantes convencionales, pero sí cumplen la misma función tanto en el suelo como en la planta, con la ventaja adicional de aportar carbono”, explica Juan Hirzel, investigador del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA).
Esta característica ha impulsado la valorización de subproductos provenientes de la producción de carnes -como purines, guanos y digestatos-, que hoy cumplen un rol cada vez más relevante. Frente al incremento sostenido en el precio de los fertilizantes, especialmente los nitrogenados durante 2026, estos bioinsumos se consolidan como una alternativa concreta para disminuir la dependencia de insumos importados y dar mayor estabilidad a los costos productivos.
En Chile, este proceso ha ido de la mano con una transformación profunda en la gestión de purines por parte del sector porcino. En las últimas décadas, se ha pasado desde sistemas de almacenamiento en lagunas abiertas a tecnologías más avanzadas, como biodigestores, plantas de lodos activados, compostaje y lombrifiltros. Este cambio ha permitido aumentar la cobertura de tratamiento desde menos de un 40% en 1998 a más de un 95% en 2023, con efectos positivos en la reducción de emisiones, la eficiencia en el uso de recursos y la generación de subproductos con valor agrícola.
Cómo se usan y qué ha cambiado en el sector
Este desarrollo no es reciente. En Chile, las empresas productoras de cerdos y aves llevan años trabajando bajo un enfoque de economía circular, donde el manejo de purines es parte del sistema productivo.
Una de las prácticas más extendidas es el fertirriego, que consiste en aplicar purines y digestatos -siguiendo planes agronómicos- junto con el agua de riego, utilizándolos como fertilizante. En paralelo, los materiales más sólidos, como los bioestabilizados y guanos, se emplean directamente como abono en suelos agrícolas.
El resultado es concreto: estos bioinsumos aportan nutrientes esenciales como nitrógeno, fósforo, potasio, magnesio y calcio, junto con materia orgánica, un componente clave para mejorar la estructura y la salud de los sistemas productivos agrícolas.
La incorporación de sistemas avanzados de tratamiento también ha tenido impactos relevantes en el desempeño ambiental del sector. De acuerdo con el reporte de sostenibilidad de ChileCarne, las emisiones de nitrógeno por unidad de producción se han reducido en torno a un 75% desde comienzos de los años 2000, gracias principalmente a tecnologías como lodos activados y lombrifiltros, que permiten transformar compuestos reactivos en formas inertes.
A esto se suman avances en eficiencia hídrica. El consumo de agua fresca en planteles se ha reducido cerca de un 69%, impulsado por una mayor recirculación de aguas tratadas en procesos como la limpieza. En paralelo, también ha disminuido la generación de purines por unidad de producción, reflejando una operación más eficiente.
Otro elemento clave ha sido la incorporación de biodigestores, que permiten tratar los purines y, al mismo tiempo, generar biogás. Este se utiliza como fuente de energía en distintos procesos, reemplazando combustibles fósiles en usos como calefacción, procesos industriales e incluso, en algunos casos, generación de electricidad.
Más que fertilización: mejorar el suelo
Aunque los bioinsumos derivados de purines cumplen un rol similar al de los fertilizantes tradicionales -al aportar nutrientes esenciales para los cultivos-, su contribución va un paso más allá, ya que también inciden directamente en la base productiva agrícola.
Ese aporte de carbono marca una diferencia relevante frente a los fertilizantes sintéticos. Estos materiales ayudan a aumentar la materia orgánica, lo que mejora su estructura, su capacidad de retener agua y nutrientes, y favorece la actividad biológica. En otras palabras, no solo nutren el cultivo, sino que también fortalecen el suelo en el tiempo.
A nivel predial, estos efectos también se observan con claridad. Esteban Hidalgo, gerente agrícola de Santa Macarena, en la comuna de Santo Domingo, señala que el uso de enmiendas orgánicas ha permitido “mejorar la estructura del suelo y aprovechar subproductos orgánicos con aporte nutricional”.
En su experiencia, aplicados en frutales y cultivos anuales, estos insumos han generado una buena respuesta en los cultivos, con mayor actividad biológica del suelo, junto con un ahorro económico relevante.
La evidencia respalda estos efectos. El uso sostenido de enmiendas orgánicas permite mejorar la fertilidad y productividad de los suelos, con impactos positivos en los rendimientos agrícolas.
“Los fertilizantes de origen orgánico, ricos en carbono, no solo aportan nutrientes, sino que también mejoran la calidad del suelo y su capacidad productiva en el tiempo, lo que se traduce en sistemas agrícolas más sostenibles”, agrega Hirzel.
En esa misma línea, el especialista descarta algunos de los mitos más extendidos. “Existe la creencia de que las enmiendas orgánicas salinizan o acidifican los suelos, pero en la práctica ocurre lo contrario: pueden incluso ayudar a mejorar estas condiciones”, puntualiza.
Eficiencia económica y beneficios ambientales
Además de sus ventajas agronómicas, el uso de bioinsumos representa una oportunidad económica, especialmente en contextos de altos precios de fertilizantes. Al tratarse de productos de origen local, se reducen los costos asociados a importación, transporte y comercialización.
“Hoy, el costo directo de fertilización usando enmiendas orgánicas puede ser del orden del 50% respecto de los fertilizantes convencionales”, señala Hirzel.
Desde el punto de vista ambiental, su uso también contribuye a reducir emisiones de gases de efecto invernadero. Al incorporarse al suelo, parte del carbono contenido en estos materiales queda retenido, contribuyendo a mejorar sus condiciones y a disminuir la huella de carbono de los sistemas agrícolas.
A esto se suma un beneficio adicional en eficiencia hídrica: en sistemas como el fertirriego, los purines pueden aportar parte del requerimiento de agua de los cultivos, optimizando el uso del recurso a nivel predial.
Desafíos y oportunidades
A pesar de sus múltiples beneficios, la adopción de bioinsumos aún enfrenta desafíos, principalmente asociados a la necesidad de mayor conocimiento y transferencia tecnológica hacia los productores.
Actualmente, se estima que entre un 15% y un 20% de la superficie agrícola nacional utiliza este tipo de enmiendas, una cifra con amplio potencial de crecimiento.
“El principal desafío es la educación y la extensión. No basta con difundir, es necesario demostrar en terreno cómo funcionan estos productos, para que los agricultores puedan comprobar sus resultados y adoptarlos con confianza”, plantea Hirzel.
En esa línea, la experiencia en campo también da cuenta de la importancia del respaldo técnico para su adopción. Esteban Hidalgo explica que la implementación de estos insumos se realiza a partir de análisis de laboratorio e informes de calidad, lo que permite asegurar su trazabilidad y generar mayor confianza en su uso.
En este escenario, el desarrollo de modelos de biorrefinería abre nuevas oportunidades. Estos sistemas permiten transformar purines, guanos y otros residuos en fertilizantes, energía y nuevos productos de valor.
El objetivo es avanzar hacia un modelo donde los residuos dejan de ser un problema y se convierten en un recurso, cerrando ciclos y fortaleciendo la sostenibilidad del sector agrícola en el largo plazo.

