Durante las últimas décadas, el sector porcino chileno ha experimentado una transformación profunda, en la que la sostenibilidad dejó de ser un elemento complementario para convertirse en un eje estratégico del desarrollo productivo. Este proceso ha estado marcado por la mejora continua de la genética, la incorporación progresiva de tecnología, el fortalecimiento de los estándares sanitarios y una gestión cada vez más eficiente de los recursos, permitiendo avanzar hacia una producción más competitiva y ambientalmente responsable.
Este análisis forma parte del reporte “La sostenibilidad del sector porcino chileno: 25 años”, que examina la evolución del sector a lo largo del tiempo y analiza cómo los avances en eficiencia productiva y la incorporación de tecnología han contribuido de manera significativa a mejorar su desempeño ambiental y fortalecer su competitividad en el largo plazo.
Una primera ola de mejora en el sector fue la eficiencia productiva. A través de la adopción de líneas genéticas mejoradas, el sector ha logrado mejoras significativas en indicadores clave como la conversión alimenticia, la prolificidad de las hembras y la reducción de la mortalidad de lechones. Estos progresos se traducen en una mayor producción de carne de cerdo utilizando menos insumos por unidad producida.
En este contexto, Claudia Pabón, profesora en la Facultad de Economía y Administración (FACEA) y en el Instituto para el Desarrollo Sustentable (IDS) de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC), y quien participó en la elaboración del reporte, subraya que, durante los últimos 25 años, la eficiencia productiva y el desempeño ambiental del sector han evolucionado de manera estrechamente vinculada. “Las mejoras sostenidas en genética, nutrición y control de procesos han permitido aumentar la producción con un menor uso de insumos por unidad de producto, reduciendo de forma significativa la intensidad de consumo de agua, energía y nutrientes, así como las emisiones por kilo de carne producida”, explica.
Según la académica, este proceso ha sido reforzado por la adopción progresiva de tecnologías ambientales, particularmente en la gestión de purines, el control de emisiones, la eficiencia hídrica y la valorización energética, en respuesta tanto a la evolución de la regulación ambiental como a las exigencias de los mercados internacionales. “El resultado ha sido una reducción relevante de los impactos ambientales por unidad de producción, incluso en un contexto de crecimiento del sector”, destaca.
Un ejemplo concreto de esta evolución es la mejora en el índice de conversión alimenticia. Entre 1972 y 2024, la cantidad de alimento necesaria para producir un kilo de carne se redujo en un 38% pasando de casi cuatro kilos a poco más de dos. Esta mayor eficiencia representa un ahorro estimado de 41.000 hectáreas de maíz anuales, con beneficios directos en términos de menor consumo de agua, energía y emisiones asociadas a la producción agrícola.
Intensificación productiva con enfoque sostenible
Al igual que en países como Holanda, Dinamarca y Estados Unidos, Chile ha experimentado una intensificación productiva con una disminución en el número de planteles y un aumento en la escala productiva por unidad, reflejando un proceso de concentración y modernización orientado a mejorar la eficiencia productiva junto a economías de escala permitiendo reducir costos y mejorar la calidad.
La experiencia chilena acompaña este proceso con una fuerte inversión en tecnologías capaces de cumplir marcos regulatorios cada vez más exigentes y estándares ambientales. Este enfoque ha permitido avanzar hacia sistemas más integrados de gestión de nutrientes y el cierre de un círculo virtuoso de sostenibilidad que fortalece la competitividad del sector.
De cara al futuro, Pabón advierte que los márgenes de mejora incremental en eficiencia productiva comienzan a estrecharse, mientras aumentan las exigencias asociadas a la variabilidad climática, la presión territorial y la evaluación integral del desempeño ambiental y social del sector. En este escenario, señala, “la sostenibilidad futura no puede descansar únicamente en la eficiencia técnica del modelo intensivo”.
En esa línea, la experta plantea que la circularidad, la regeneración y una mejor integración territorial representan oportunidades estratégicas para avanzar hacia sistemas productivos más diversificados, resilientes y con menor dependencia de insumos externos. La integración de nuevas cadenas de valor, la valorización avanzada de subproductos y el uso productivo de flujos de nutrientes y energía aparecen así como elementos clave para fortalecer la estabilidad del sector en el largo plazo.
Eficiencia y sostenibilidad: una relación directa
El aumento de la eficiencia productiva ha ido de la mano con una transición progresiva hacia modelos de economía circular, impulsada por importantes inversiones en tecnologías para el tratamiento y valorización de purines que permiten a su vez la reutilización de nutrientes y energía del sistema productivo.
El sector ha ampliado de manera significativa la cobertura de tratamiento de purines, pasando de menos del 40% a fines de la década de los noventa a más del 95% en la actualidad, con un 82% siendo sistemas de tratamiento avanzado -como biodigestores, plantas de lodos activados, compostaje y lombrifiltros-, que permiten transformar purines en subproductos útiles como fertilizantes, enmiendas mejoradoras de suelo y bioenergía
Este desarrollo tecnológico se ha traducido en reducciones ambientales concretas y medibles. En las últimas décadas, el sector ha logrado disminuir de forma significativa la intensidad de sus emisiones, con una reducción del 75% en las emisiones de nitrógeno gracias a la adopción de tecnologías como lodos activados y lombrifiltros que favorecen procesos biológicos de nitrificación y desnitrificación.
Así también las reducciones en emisiones han sido acompañadas por una baja del 69% en el consumo de agua fresca a nivel de planteles gracias a estas tecnologías que permiten la mayor recirculación de las aguas tratadas al proceso productivo para aseo y limpieza de los pabellones donde se alojan los animales.
El desarrollo tecnológico ha permitido reducir las emisiones de carbono por kilo de carne producido en un 39%. Este último indicador pasó de 2,92 kg de CO₂ equivalente por kilo de carne producida a comienzos de los años 2000 a menos de 1,78 kg en la actualidad, reflejando el impacto positivo de la mejora tecnológica y de la gestión ambiental.
Adicionalmente el uso de biodigestores ha permitido producir biogás para reemplazar combustibles fósiles en distintos procesos productivos , reducir la huella de carbono del sector y fortalecer su resiliencia frente a los desafíos energéticos.
De cara al futuro, el sector porcino chileno enfrenta el desafío de seguir profundizando estos avances, junto con fortalecer su capacidad de adaptación a un nuevo contexto internacional que exige una transformación más profunda, sistémica y resiliente. En este escenario, la eficiencia productiva, la innovación genética, la economía circular y el uso de energías renovables continuarán siendo pilares fundamentales para asegurar la sostenibilidad y la viabilidad del sector en el tiempo.